jueves, 17 de febrero de 2011

La verdadera historia del mar boliviano.


Estimados; hoy el Presidente boliviano Evo Morales ha dicho que espera una respuesta chilena sobre la mediterraneidad de Bolivia antes del 23 de Marzo, fecha en que se celebra un aniversario más de la pérdida del mar por parte de suplís. Esto a propósito de la batalla de Calama ocurrida en 1879. El asunto es que Boliviano siempre alegó la existencia de su puerto, el puerto de Cobija. Intentaré en las siguientes líneas contar la verdadera historia de este asentamiento marítimo.

La historia del puerto boliviano de Cobija es una historia mal contada. Las historias mal contadas son aquellas en donde consciente o inconscientemente, quién cuenta, omite los datos suficientes para tener certeza de lo que realmente pasó. La historia tiene la solidez de un edificio hecho de cartón piedra y uno no sabe porqué. Así es la historia en la mayoría de los países de América latina; una historia llena de héroes y malvados, de relumbrones dorados, espadas y charreteras, amputada de toda su relación con la vida diaria y con la evolución económica. Sin embargo, peor es la historia que se ha contado acerca del mar de Bolivia.

            El primer error es afirmar que Bolivia nació con mar. Eso no es cierto, la realidad es que a sus creadores se les olvidó incluírselo. Cuando al territorio que hoy es Bolivia se le puso el nombre de Bolívar y luego el de Bolivia, el general Simón Bolívar remitió al constituyente boliviano -luego de firmarse su independencia en 1825- su primera Constitución. La cual en su artículo tercero menciona sus provincias. Todas sin mar.

            Dándose cuenta más tarde del error, el Mariscal de Ayacucho, General Antonio José de Sucre firmó un decreto donde declara al puerto de Cobija o La Mar el principal de la nueva República.

            Pues bien, lo cierto es que realmente Bolivia tuvo ese puerto en el desierto de Atacama, pero más bien en el papel; pues, a pesar de que se le reconocieron internacionalmente derechos sobre esos territorios -incluso en la época en que Perú y Bolivia formaban una confederación, el embajador de Estados Unidos en Lima estableció un consulado en Cobija- nunca hubo una población con raíz boliviana importante en ese lugar. 

            Para condimentar aun más este mito, alguien inventó, que en aquella época idílica en que Bolivia tenía mar, los bolivianos iban a bañarse en la playa, pasaban sus vacaciones en hoteles y residenciales costeras y se podían sacar por el puerto de Cobija todo tipo de productos marinos. La realidad, es que nadie se ocupaba mucho del mar boliviano hasta que se descubrieron riquezas como el guano y el salitre. Estoy seguro que ningún boliviano, partió desde La Paz u Oruro, de viaje a la playa en un fin de semana largo, o en Semana Santa.

            También se esparció la leyenda entre nuestros vecinos altiplánicos, que un día, los malulos chilenos llegaron y les quitaron el mar, pero en la historiografía boliviana nadie explica bien el porqué.

Pues bien, como en todo, estaba escondido el vil dinero. Resulta que después que se descubrió salitre en la zona, al lugar llegaron mineros chilenos; el capital y control de las mineras estaba en mano de empresarios chilenos e ingleses, no de bolivianos. Entonces, para evitar conflictos y aprovechar la riqueza de la tierra en forma justa, Bolivia y Chile decidieron la explotación a medias que se definió primero en 1866 con un tratado.

Cuando ocho años después se firmó un nuevo tratado de límites donde se marcaba definitivamente la frontera, los mineros chilenos quedaron al norte de esta; para que no se perjudicara la importante industria minera, se acordó que durante veinticinco años no se les subieran los impuestos a los chilenos. A cambio, Bolivia aceptaba la explotación conjunta recibiendo parte de las riquezas obtenidas; además de un montón de otras externalidades positivas que acompañan al desarrollo de polos de producción. Todo era perfecto.

Lamentablemente, como casi todo en América latina, el acuerdo terminó cuando un General boliviano llamado Hilarión Daza dio un golpe de Estado en 1876. En esa época, el puerto de Cobija estaba aislado del centro político económico boliviano, en realidad estaba aislado de toda Bolivia, y hubo una sequía horrible y una epidemia de peste.

A Daza no se le ocurrió otra cosa que imponer un impuesto de diez centavos por quintal de salitre exportado. Luego la historia es conocida, y fue la materia de estudio durante todo este semestre. Después de decenas de dimes y diretes, los chilenos decidieron invadir Antofagasta. Para esa época había un pacto “secreto” de defensa entre Perú y Bolivia y por eso pelearon los dos países contra Chile, que los venció a los dos. El ejército boliviano se retiró hacia las montañas. Chile tomó Arica e invadió Lima. La guerra terminó en 1883 después de una invasión de un año y medio de los chilenos al Perú. Todo el territorio del litoral fue ocupado por Chile. Al final, Bolivia reconoció en un tratado en 1904 la soberanía chilena sobre el litoral. A cambio, recibieron 300000 libras esterlinas y el compromiso formal de construir un ferrocarril de Arica a La Paz.

¿Y del Puerto de Cobija?. En las siguientes páginas contaremos su verdadera historia.

Un puerto en medio de la nada:

Primero que todo hay que señalar que Cobija no era cualquier punto en el mapa, ni una mera referencia topográfica, ni un mero muelle de atraque para penetrar al interior del continente. Cobija fue un lugar de asentamiento preferido por los antiguos habitantes de la costa, desde tiempos muy remotos, un lugar de descanso y refugio desde tiempos arcaicos hasta tiempos recientes. Cobija tiene a su haber, a lo menos, unos ocho mil años de historia, si es que no tiene aún más.

Cobija es un hito geográfico en la costa desértica del Pacífico sur; está situada a los 22º 33´S y 70º 16´W., fue una localidad costera, casi insignificante, en el árido mapa del despoblado de Atacama. Durante siglos no fue más que una escuálida aldea de una decena de chozas de changos pescadores, audaces mercaderes de pescado seco o “charquecillo” que transitaban a pie hacia Chiu chiu, Calama, o San Pedro, en la Atacama colonial y aún hasta Potosí. También fue el lugar de recalada obligada de galeones, fragatas o bergantines que traficaban por las costas del Pacífico, entre Callao y Valparaíso. Allí pararon por horas los conquistadores que llevaban refuerzos a don Pedro de Valdivia en su desesperada lucha contra los alzados picunches; allí descansaban también los batallones navales chilenos en la guerra contra la Confederación Perú-boliviana.

El 9 de Mayo de 1877 la rada de Cobija sufrió un terrible maremoto, con salida de mar que provocó la casi total destrucción de la pequeña ciudad, dejando sus muros en el suelo, en el estado lamentable en el que hasta hoy se encuentran, un montón de ruinas. La consolidación de la ciudad de Antofagasta, hacia 1870 y su ulterior desarrollo portuario, selló definitivamente el destino de Cobija.

Sin embargo, no hay que olvidar que en el pasado, Cobija, gracias a sus mínimas condiciones de habitabilidad en un desierto absoluto -buen puerto, un poco de agua, algo de pastos y leña, y recursos marinos-, fue un hito fundamental en la ruta marítima desde y hacia la capital virreinal, Lima. Por eso mereció descripciones minuciosas desde la época más temprana[1]. Eso si, siempre se  destacan la extrema esterilidad del paisaje y la falta casi total de recursos para la vida. Pero todos, igualmente, afirman que allí se encontraban, al menos, un puñado de habitantes, dedicados a la pesca y al marisqueo de orilla. Todos señalaban que desde Cobija se inician difíciles e intrincados caminos y huellas que surcarán el desierto, tierra adentro, hasta llegar a los llanos de Calama y de ahí, al “cerro rico” de Potosí, en largas y extenuantes jornadas, atravesando el gélido páramo andino.

Cobija ofrecía un puerto relativamente seguro, bien resguardado de los vientos del sur y sureste por una pequeña península. Los barcos, desde Valparaíso al norte, enfilaban a las islas de Juan Fernández, a Coquimbo y a Cobija. El próximo hito septentrional de recalada era, a veces, Iquique; otras Arica, Pisco o El Callao, durante el Perú colonial.

 Desde los primeros viajes de los siglos XVI y XVII hasta los viajes de los científicos españoles Jorge Juan y Antonio de Ulloa, de la expedición Malaspina en el siglo XVIII, o del científico francés Alcide D´Orbigny, o del oficial de marina norteamericano Ruschemberger, y el periplo costero de los capitanes chilenos Delfín o Vidal Gormaz, en vísperas de la Guerra del Pacìfico, la ruta y los lugares de recalada, eran casi siempre los mismos, Coquimbo, Cobija, y Arica. Gracias a ello disponemos de variadas y valiosas descripciones[2], tanto de los paisajes áridos de la costa, como de sus habitantes, indígenas o españoles, sus actividades y sus muy limitados recursos. Claro está, que ninguno habla de Cobija como un puerto boliviano.

La existencia de población indígena en el lugar, y el ser un punto focal de ingreso a los territorios altiplánicos, próximos al mineral de plata de Potosí, aconsejaron desde tempranos tiempos, instalar en el lugar la presencia española. Los españoles -como fue siempre su costumbre- rebautizaron el lugar con el nombre de “Santa Magdalena de Cobixa” o simplemente el “Puerto de Magdalena”. Porque a la usanza española de la época, el lugar fue confiado a la protección celestial de un santo patrono, en este caso, a Santa María Magdalena[3]

Cobija, el nombre del puerto:

Me parece que este ensayo no es el lugar para adentrarse a fondo en la etimología de este curioso topónimo, bastante ajeno y extraño a la toponimia costera de la antigua Provincia de Atacama –hoy Región de Antofagasta-; a pesar de su aparente aspecto castellano, la voz tiene posiblemente un origen indígena, ¿Cupiza, Cupitsa, Kupicsa?. Brevemente, se observa que este nombre se asemeja a “Tupiza”, en el altiplano. ¿Será, tal vez, de origen atacameño?; ¿o de origen chicha?; no es imposible. En todo caso, los españoles lo castellanizaron fácilmente, por la cercanía fonética al término “cobija”, sustantivo del verbo “cobijarse” y que nosotros usamos como sinónimo de manta o frazada para cubrirse del frío. Si bien existe una ciudad en Bolivia, en el departamento de Pando, con ese mismo nombre, no me parece probable que se la haya nombrado por ésta. Pues eso significaría que dicho lugar, muy poblado de indios camanchacas según Lozano Machuca en 1581, hubiera carecido de nombre local propio indígena; o que éste nombre local, hubiese desaparecido por completo, sin dejar rastros, por lo que debió ser rebautizado en tiempos hispánicos muy tempranos. Tal cosa me parece altamente improbable, dada la persistencia ocupacional del sitio, a lo largo de los siglos coloniales, hasta las postrimerías del siglo XIX. Creo que su origen es indígena, propio de alguna lengua de las habladas en la costa de Atacama.

Cobija Puerto boliviano, en el derecho:

            Pues bien, la legitimidad de los derechos de Bolivia sobre el litoral Pacífico –obviamente en el pasado- está fuera de toda duda, igual que la legitimidad sobre el conjunto de su territorio. El 18 de abril de 1548, el pacificador La Gasca definió los límites entre el Virreinato del Perú -Audiencia de Charcas en esa región- y la Capitanía de Chile; estableció el paralelo 25 como la demarcación más al norte de Chile. Este mismo criterio fue expresado por don Pedro de Valdivia, conquistador de Chile, en su carta al emperador Carlos V del 15 de octubre de 1550, en la que menciona textualmente que el paralelo 25 es el límite más al norte de su jurisdicción. Queda claro que Chile nunca poseyó territorios más al norte del valle de Copiapó y que esa realidad fue sistemáticamente reconocida en todos los mapas que se publicaron en el mundo hasta 1880. Sobre esa base, la soberanía boliviana era indiscutible cuando menos hasta el Paposo en el paralelo 25.

Sin embargo, en 1563, año en que se ampliaban y definían los límites de la Audiencia de Charcas, recién creada, Felipe II dictó otra provisión encargada de precisar que la Audiencia de Lima “tenía por límites y distrito todo lo que de la provincia de Chile, con los puertos que hay de la dicha ciudad de los Reyes hasta las dichas provincias de Chile y los lugares de la costa”. Esta clara norma demuestra que la creación de la Audiencia de Charcas no rompió un solo instante la continuidad territorial entre el Perú y Chile, y que siguió ininterrumpidamente imperando, desde Paita hasta el término de la costa del Pacífico, la jurisdicción de la Audiencia de Lima. Charcas no conoció así directamente el mar[4].

No hay que olvidar que en Derecho existe un principio que señala que cuando dos normas regulan la misma situación, la más nueva prevalece sobre la más antigua, la cual se entiende para todos los efectos como  derogada.

Luego de que Bolivia naciera a la vida independiente, el 29 de enero de 1826, el Mariscal Sucre clarificó la división política de este nuevo país. Las intendencias o presidencias fueron convertidas en departamentos. Bolivia quedó dividida en cinco departamentos, estos eran Chuquisaca, La Paz, Cochabamba, Santa Cruz y Potosí. Los departamentos fueron divididos en provincias y éstas en cantones. Atacama fue una de las provincias dependientes del departamento de Potosí, su capital era San Pedro de Atacama. Hasta el momento nadie habla de un puerto boliviano.
 
            Tres años más tarde, el 1º de julio de 1829, el Mariscal Andrés de Santa Cruz mediante decreto transformó Atacama en una provincia independiente con un gobernador que respondía directamente al Presidente y con la nueva denominación de provincia Litoral, una jerarquía intermedia superior a una provincia común, pero inferior a un departamento.

 En 1839 el presidente José Miguel de Velasco elevó el rango del Litoral a distrito con un prefecto. Finalmente, el 1º de enero de 1867 el gobierno de Mariano Melgarejo creó el departamento del Litoral con el denominativo genérico de Mejillones, probablemente por ser el punto de mayor riqueza económica de ese territorio.

Por su parte, el tratado del 25 de abril de 1844, en que España reconoció nuestra independencia nacional, incorporaba estipulaciones con definiciones territoriales. En el artículo 11 de ese cuerpo legal se declaraba lo siguiente: “Su majestad Católica reconoce como Nación Libre, Soberana e Independiente, a la República de Chile, compuesta de los países especificados en su Ley Constitucional, a saber: Todo el territorio que se extiende desde el Desierto de Atacama hasta el Cabo de Hornos; y desde la Cordillera de Los Andes hasta el Mar Pacífico, con el Archipiélago de Chiloé y las islas adyacentes a la costa de Chile”.

Cabe recordar, por otra parte, que el 28 de diciembre de 1825, Bolívar emitió en Chuquisaca un decreto en que se señalaba que considerando “que estas provincias no tienen un puerto habilitado” se disponía que “quedará habilitado, desde el 11 de enero entrante, por puerto mayor de estas provincias, con el nombre de Puerto de La Mar, el de Cobija”. Pareciera más que claro que este puerto que recibiría el nombre del Mariscal José La Mar, era el primero que tenía Bolivia y no tenía ninguna vinculación con situaciones derivadas de la época colonial, sino que se había generado, por razones políticas y económicas evaluadas por Bolívar, ajenas a las realidades del uti possidetis.

Pues bien, empeñado como estaba el gobierno boliviano en prestarle a su único puerto la mayor atención posible, siguió dictando una serie de decretos que propendían a un mayor desarrollo y al mejor servicio de la localidad. Así vemos que en fecha 17 de julio de 1839 se autorizaba al poder ejecutivo para invertir anualmente la cantidad de treinta mil pesos de las rentas nacionales en las reparaciones de los edificios de dicho puerto, el mismo decreto ordenaba la fortificación del puerto de Cobija, o sea, la construcción de baterías de seguridad exterior. Como se ve, el puerto de Cobija o La Mar, había adquirido por esos años una actividad hasta entonces no conocida; al menos en el papel.

Sin embargo, cabría agregar que la habilitación de Cobija o La Mar no se tradujo tampoco en un particular aumento del interés boliviano en ese sector del litoral. Es sugestivo recordar que el primer administrador de este puerto fue un colombiano, con intereses en Salta, el señor José Álvarez.

El litoral, que jurídicamente perteneció a Bolivia después de 1866, estuvo a lo largo de los años sumido en un pavoroso abandono, que los propios bolivianos reconocen.

Por el contrario, Chile dictó una ley, el 13 de octubre de 1842, que declaró de propiedad nacional las guaneras al sur de la bahía de Mejillones, y que ningún barco podría cargar este producto sin permiso de las autoridades chilenas. Se facultaba, además, al Presidente de la República para gravar la exportación del guano con derechos de Aduana.

Luego, entre 1846 y 1847, empresas y trabajadores chilenos se instalaron en los alrededores de Mejillones y explotaron guano clandestinamente. En 1857 la corbeta chilena Esmeralda se apoderó de Mejillones, lo que obligó a una misión de Bolivia a exigir un esclarecimiento de límites entre ambas naciones. Las gestiones no prosperaron. Para 1863 las pretensiones chilenas despertaron la susceptibilidad boliviana al punto que el canciller Rafael Bustillo en el congreso extraordinario de Oruro, obtuvo la autorización del parlamento para declarar la guerra a Chile en caso de necesidad. Chile protestó por esa decisión boliviana. El Canciller chileno Antonio Tocornal le propuso al embajador Tomás Frías la compra de Mejillones, propuesta que no fue aceptada.

En los mensajes anuales de los Cancilleres chilenos al Congreso Nacional se seguía reiterando el interés de Chile en poner fin a las diferencias limítrofes con Bolivia. En 1861, el canciller Antonio Varas manifestaba lo siguiente: “No pretendíamos por nuestra parte los límites que autoridades respetables asignan a Chile hasta más al norte del desierto, no, porque no fuese así conforme al principio que todos los Estados americanos han invocado como el verdadero título al territorio que poseen. Dispuestos estábamos a prescindir de esos antecedentes. No habríamos tenido dificultad en aceptar una línea divisoria que partiese el espacio disputado con cierto grado de igualdad”. Subrayaba y ratificaba de esta manera el Canciller la disposición chilena de ir a una transacción honorable y aceptable para ambos países, pero enfatizando que no podía acoger los puntos de vista de Bolivia, que estimaba infundados.

Entre 1863 y 1866 la situación internacional cambió ante la toma de las islas Chincha del Perú por parte de la armada española. Chile, Perú y Ecuador se unieron en la llamada alianza americana, y en 1866 el presidente Melgarejo se unió a la alianza. Chile envió entonces como embajador en La Paz a don Aniceto Vergara Albano. La consecuencia de este acercamiento fue el tratado del 10 de agosto de 1866, por el cual se establecía el límite fronterizo en el paralelo 24, que quedaba entre Paposo (sur) y Antofagasta (norte) y además se decidió que las riquezas existentes entre el paralelo 23 y 25 serían compartidas a mitades. El dinero sería manejado por la aduana de Mejillones administrada por Bolivia y fiscalizado por Chile. Así, Chile accedía al 50% de los beneficios de la mayor riqueza guanera boliviana, la del morro de Mejillones.

            Sin embargo, nuestra historiografía en este punto no es uniforme, pues hay autores que consideran que el tratado de 1866 -cualesquiera que hubieren sido sus detalles- abría compuertas que más tarde sería difícil controlar. Agustín Edwards, en su obra Cuatro Presidentes de Chile, señala que “reconocidos así por Chile ciertos derechos de Bolivia a una zona que Chile había reclamado hasta entonces como de su exclusivo dominio y soberanía, las aspiraciones bolivianas al litoral crecieron desmesuradamente. Ni aquel tratado, de 1866, alcanzó a satisfacerlas”.

            A ese tratado de límites se añadió la adhesión de Bolivia a la alianza chileno-peruana contra España. Pero este paso no constituyó ningún beneficio práctico para Bolivia. El dictador Melgarejo, temiendo por la suerte del puerto de Cobija, el único de su país, pidió a Chile que enviara a ese sitio una guarnición de soldados para defenderlo. Resulta imposible conciliar este rasgo delicado de Chile con la acusación que más adelante se le haría por personas del altiplano de estar entonces preparando la conquista del litoral boliviano, que carecía de defensa.

Cobija, puerto boliviano en los hechos:

La hipótesis nunca resuelta por el propio país vecino, es si Bolivia tuvo y aprovechó su vocación marítima. Pues bien, en 1841, el pequeño puerto, aislado de noticias del interior boliviano, tenía vida, pero esta era de raíz y costumbre chilenas. En 1860, Cobija figuraba entre los puertos principales de la escala de vapores y su población alcanzaba a tres mil habitantes. Estaba en pleno auge el puerto de La Mar, cuando en 1868, un fuerte sismo tiró por el suelo a más de sesenta de las edificaciones, con decenas de muertos y heridos. Así, el resto de la población no pensó en otra cosa que abandonar el puerto; pero el auxilio prestado por el Gobierno chileno hizo restablecer los ánimos y se empezó a reedificar. En 1870 –la época de su mayor expansión- había alrededor de 15.000 almas en el puerto de Cobija, la gran mayoría de origen chileno.

            Para apreciar en debida forma cuán ausentes habían estado los hijos del altiplano de la vida social y económica de esa zona que pretendían como propia, basta reproducir la siguiente estadística de la población de Antofagasta (capital de Cobija) hacia 1874, tomada de la Historia General de Bolivia, de don Alcides Arguedas: Chilenos (93%), bolivianos (2%), europeos (1,5%), americanos del N. y del S. (1%), asiáticos y otros (1,5%). Chile no hacía, pues, más que recuperar lo que le pertenecía por herencia histórica y por la voluntad denodada de sus hombres de trabajo. Pero este paso legítimo desencadenó la dolorosa guerra con Bolivia y su secreto aliado, el Perú.

            El nuevo tratado de límites comprometió a Bolivia, por el término de veinticinco años, a que “las personas, industrias y capitales chilenos” situados en la zona renunciada por Chile -al norte del paralelo 24- no quedarían “sujetos a más contribuciones, de cualquiera clase que sean, que a las que al presente existen”. Tristemente, en 1878 se aprobó una ley, por parte del gobierno boliviano, que gravaba con diez centavos el quintal de salitre que exportase la compañía de Salitre y Ferrocarril de Antofagasta (integrada por chilenos), por lo que el gobierno en Santiago creyó su deber proteger los derechos de la Compañía, como haría cualquier buen gobierno preocupado de los suyos, y buscó respuestas, pero resultaron sus esfuerzos inútiles. Por lo que dos compañías de soldados procedieron a ocupar Antofagasta y hacer efectiva la reivindicación de los territorios condicionalmente cedidos por el tratado de 1874.

            Uno de los elementos claves para entender los orígenes de la Guerra del Pacífico debemos buscarlo, en el pacto secreto de alianza mutua suscrito entre el Perú y Bolivia el 6 de febrero de 1873, mediante el cual, el Perú “asumía la tutela político-militar de Bolivia ante Chile”. Hay antecedentes históricos para sostener que la iniciativa original para el acuerdo nació en Bolivia. Sin embargo, encontró terreno fértil en el Perú, país que con toda razón alimentaba sueños de grandeza, nacidos al amparo de la riqueza y adelanto de las épocas virreinales.

            Bolivia había declarado que quedaba cortado todo comercio con Chile, que los chilenos residentes debían abandonar su territorio sin llevarse más que sus menajes personales, que todos los bienes muebles e inmuebles quedaban incautados y que se confiscaban las empresas de nuestros connacionales. En Chile existía conciencia de que la guerra era la mayor calamidad posible. Así que nuestras autoridades coincidieron en que la existencia del tratado secreto de 1873 y la negativa del Perú a optar por la neutralidad, no dejaban otra alternativa. Sobre los afanes de conquista que se atribuyen a Chile en la guerra, es bueno recordar que en los inicios del conflicto en el Perú se proclamó reducir el territorio chileno.

            Además, si bien en el papel, el puerto de Cobija era boliviano, los capitales, los trabajadores, el comercio, la seguridad, las costumbre y en fin la vida misma eran chilenas. Cobija vivía su mayor esplendor y en el status quo existente, nuestra nación estaba cómoda, tranquila y feliz. Todo lo que la historiografía peruana o boliviana quiera decir al contrario, es sólo una mala historia.

Palabras finales:

            Nunca entendí porqué nuestros vecinos del norte han achacado históricamente sus penas y miserias a nuestro supuesto afán expansionista. Habría que recordarles a nuestros hermanos bolivianos que en su  frontera norte, con Brasil, hubo problemas y muy graves por el descubrimiento del árbol de la goma y su explotación. En una zona llamada Cachuela Esperanza y Riberalta se explotaba goma con una población brasileña, que decidió entre 1902 y 1903 independizarse de Bolivia. Fueron los bolivianos a reclamar su territorio, viajando meses desde los Andes a la selva, pero el ejército brasileño intervino, los venció y Bolivia firmó en Petrópolis un acuerdo donde cedía el territorio del Acre a cambio de dos millones de libras esterlinas y un ferrocarril. Es el episodio de la guerra del Acre.

Así, producto de tratados internacionales, entre 1903 y 1904, Bolivia perdió 490430 kilómetros cuadrados con Brasil y 120000 kilómetros cuadrados con Chile. Los acuerdos pasaron por el congreso boliviano –elegido democráticamente por los propios bolivianos- donde se impuso una mayoría liberal a la que acusaron después de haber cambiado el mar por un plato de lentejas. Visto desde otro ángulo, el dinero recibido permitió la modernización de La Paz y la vertebración del territorio con la construcción de vías férreas como La Paz-Beni, Viacha-Oruto, Oruro-Cochabamba, Oruro-Potosí y Potosí-Tupiza. El país se adecuó al patrón oro y se crearon nuevos bancos. Comenzó una época de bonanza económica, con la venta del estaño. Para 1920, Bolivia era el segundo productor mundial de estaño y 22000 obreros trabajaban en las minas que había descubierto en 1900 Simón Patiño.

            Parte de la historia mal contada es que la víctima siempre fue Bolivia. Y los únicos expansionistas fueron los chilenos. Ya hemos visto que Brasil también le metió un mordisco a la goma boliviana. Pero hubo un episodio donde la oveja se convirtió en lobo, que fue cuando otro presidente boliviano, Daniel Salamanca, pensó en que el conflicto limítrofe que tenían con Paraguay podía dirimirse por las armas. Entre junio y diciembre de 1932, comenzó una ofensiva boliviana que tomó cuatro fortines paraguayos, comenzando así la guerra del Chaco. Hubo contraofensivas paraguayas, una segunda ofensiva boliviana entre el 1932 y diciembre del 1933. Bolivia perdió la guerra, que terminó con un tratado en 1938 y una terrible sensación de fracaso.

            Bolivia nació a la vida independiente con 2363769 kilómetros cuadrados. Ahora le quedan 1098581 kilómetros cuadrados. Ha perdido también con Perú 250000 kilómetros, con Argentina 170758 y con Paraguay 234000, mediante enfrentamientos o tratados diplomáticos desfavorables.

            Porqué entonces toda esta victimología histórica y esta repetición de culpar al vecino. Porqué no asumir que la historia es eso, y que es por errores propios en sus relaciones con varios países a los que les ha costado guerras y por ende la sangre de mucha gente inocente, empresas y sueños, y quedar tranquila con la delimitación definitiva de sus territorios.

            Bolivia zanjó mal su divergencia con Chile, pero probablemente tiene en la negociación una salida más provechosa que en el conflicto. Los ciudadanos de Bolivia y Chile merecen respeto. La historiografía boliviana tiene que entenderlo. Personalmente, no me gustaría que todos los errores de los gobernantes bolivianos a lo largo de su historia republicana, fueran juzgados, comentados y expuestos a la ligera hoy, cuando ni las circunstancias, ni las posibilidades son vistas fuera de contexto.

            Mientras, el puerto de Cobija hoy es sólo un montón de ruinas, de hecho hace más de cien años que no es más que eso; seguir hablando de esta ciudad como el puerto boliviano, sería hoy como hablar de Babilonia o de Ur. Bolivia en los hechos siempre fue una nación mediterránea, desde las culturas precolombinas; la historia no se puede crear y no se puede forzar, ni siquiera con la pluma y la espada de don Simón Bolívar, el gran libertador de América.

 
Bibliografía:
 
- Basadre, Jorge, Chile, Perú y Bolivia Independientes.
- Bulnes, Gonzalo, Historia de la campaña del Perú en 1838, (Santiago, 1878).
- Burr, Robert N. By reason or force.
- Cajías, Fernando, La provincia de Atacama, (La Paz, 1979)
- Cruz, Ernesto de la y Guillermo Feliz Cruz, Epistolario de don Diego Portales, tomo II, pág. 271.
- Echenique, J. M. El tratado secreto de 1873 (Santiago, 1921).
- Grez, Carlos, “La supuesta preparación de Chile para la Guerra del Pacífico” en Boletín de la Academia Chilena de Historia, Nº 5, año 1935.
- Lavalle, José Antonio de, Mi misión en Chile en 1879.
- Paz Soldán, Mariano Felipe, Historia del Perú Independiente (Buenos Aires, 1868) Tomo IV.
- Querejazu, Roberto, Guano, salitre, sangre.
- Ravest Mora, Manuel, La Compañía Salitrera y la ocupación de Antofagasta (Santiago, 1983).
- Ravest Mora, Manuel, La casa Gibas y el monopolio salitrero peruano En  Historia, Nº 41, enero-junio 2008.
- Villalobos, Sergio, Chile y Perú. La historia que nos une y nos separa 1535-1883.




[1] Una de las primeras, tal vez, hecha por el comerciante francés Vincent Bauver hacia 1707, y la del ingeniero francés Frézier en 1712.

[2]Las primeras referencias a la caleta de Cobija, o “Cobixa”, como escribieron tempranamente los españoles; y la existencia de una población numerosa de indígenas asentada allí desde muy remotos tiempos, está acreditada en antiguos documentos. En efecto, don Juan Lozano Machuca, en noviembre de 1581, nos entrega los primeros antecedentes conocidos de esta región. Nombra a la “Ensenada de Atacama”, como lugar de asentamiento de cuatrocientos changos pescadores, los que podrían ser reclutados para futuros trabajos mineros en el área.

[3] Una de las primeras menciones específicas del topónimo "Cobixa" - y al parecer la primera- data del 19 de julio de 1591, en un temprano documento referido al tráfico de pescado seco entre Cobija y el mineral de Potosí. Así lo confirma un serio trabajo de investigación del etnohistoriador chileno José Luis Martínez (Información sobre el comercio de pescado entre Cobija y Potosí, hecha por el Corregidor de Atacama, Don Juan de Segura (19 de julio de 1591), Cuadernos de Historia, Universidad de Chile, 1985: 161-171). Allí se demuestra el nutrido tráfico de indios desde este puerto costero hacia Chiu Chiu (Atacama la Alta) y San Pedro de Atacama (Atacama la Baja), conduciendo cargas de pescado seco o “charquecillo”, cogido por los indígenas camanchacas de Cobixa, para ser llevado al Corregidor de Atacama Juan Velásquez Altamirano. Este encomendero, verdadero sátrapa de la época, obligaba a los pescadores a este auténtico tributo y a suministrarles personal de servicio para su casa de San Pedro de Atacama, donde vivía con una copiosa servidumbre y sus numerosos hijos mientras su mujer promovía el negocio en la alejada caleta.


[4] Según don Jaime Eyzaguirre; don Pedro de Valdivia, el Conquistador de Chile, en la relación de su viaje y conquista (Col. Doc. Ined. Mendoza, tom. 4º pág. 6p) dice: “Salí del Cuzco y caminé hasta el valle de Copiapó, que es el principio de esta tierra (Chile) pasado el gran despoblado de Atacama”.

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